sábado, 28 de febrero de 2009

Entrevista virtual

Aqui pueden checar una entrevista para la pagina web: http://www.whohub.com/
Para ir directmente a la entrevista clikear aqui: http://www.whohub.com/cesarlopez.

Gracias.

viernes, 20 de febrero de 2009

NOTAS DE PRENSA

Diario El Comercio "Le hecho un ojo a mi expo". Gracias por eso.

www.elcomercio.com.pe/noticia/246130/mujeres-ciberneticas-cesar-lopez


Gracias tambien a Television Nacional, a Pananamericana y a Antena Norte por las entrevistas.

Pd. Ampliaron los dias de la muestra. Estará hasta fin de mes.





miércoles, 4 de febrero de 2009

DESDE MI RINCON

" Pintando la Oscuridad"

"Mírame"


"La Espera"


"Jardín I"

"Jardín II"


"En Rojo"


"Decapitada"


"Bella Soledad"


"Angel III"


"Angel II"


"Angel I"


"Amantes"


"Amante"


"Alegría"
Esta es mi primera muestra individual de "Pintura Digital"
Va del 3 al 13 de Febrero en la Casa de la Emancipación BBVA - Banco continetal de Trujillo.

jueves, 25 de septiembre de 2008

INTIMA VANIDAD

Sobre la cama de Cristi, hay cuatro calzones. Los más sexis que tiene. Coge uno negro de encaje, con muchas victorias en su haber, pero que le valieron algunos rasguños; así que lo tira sobre los otros que ya desecho. Allí, debe haber por lo menos una docena.
Mira el de color blanco, pretina a la cadera y conejo de Playboy, bordado delicadamente en el mismo tono y lo desecha en el acto.
Nunca en su vida se había sentido tan insegura, al momento de escoger la ropa interior que llevara a una cita.
Modela el rojo frente al espejo que su madre le regalo, al cumplir 18 años. Se siente sexi. Gira despacio, como para no perder un detalle de cómo le queda el bendito calzón, arquea la cintura y sonríe orgullosa de su trasero; pero no lo aprueba para esa cita. Al parecer, piensa que la puede ver como una putita. La tanguita queda sobre el piso.
Toma el celeste turquesa, gira como una loca frente al espejo y le parece bien. Adelante cubre lo esencial y por atrás deja que sus nalgas se luzcan en todo su esplendor. Coge la ropa que separo antes de bañarse: una mini de jeans y un polo de tiritas. Ambos, muy juveniles.
Mira su reloj, un viejo despertador, que descansa sobre su velador derecho. Se viste tan rápido como puede. Se para frente al espejo y se maquilla hasta quedar satisfecha.
Escoge uno de sus perfumes y se aplica detrás de las orejas, en el cuello, en las muñecas, ligeramente entre los senos.
Fantasea un poco y sonríe maliciosa.
Se sienta al borde de la cama e intenta subirse la falda, pero le queda demasiado entallada; así que no puede. Se echa, se sume un poco para desabotonar con facilidad y se la quita. Apurada, Jalonea su calzón hasta hacerlo pasar sus caderas, luego lo desliza por sus muslos; Patalea un poco para ayudarse y finalmente logra liberar la pierna izquierda. Hecho un rollo, la tanguita queda en el pie derecho.
Coge el perfume, separa las piernas, inclina la cabeza y trata de observar su coqueta intimidad, más allá de lo que usualmente ve, pero no puede.
Cambia de posición.
Al través y frente al espejo, vuelve a separar las piernas, dobla las rodillas y las deja descansar ¡En el espejo la ve al detalle! Satisfecha, rocía un chorro más que generoso de perfume. Su intimidad se cubre de una densa neblina. Su lacio bello púbico en forma de corazón (tierna forma que le dio la naturaleza sin ayuda de la torturante depilación), queda cubierto de rocío y algunas gotas discurren hasta irrigar lugares vedados a su aroma. Cristi suelta el perfume y se cubre la boca desesperada, pues siente como si la mordieran con alfileres. Maldice su ocurrencia, y sale disparada hacia el baño.
El agua toca su enfebrecida piel, Cristi, se muerde los labios para no gritar, pero un “puta madre” adolorido, escapa de su boca.

martes, 5 de agosto de 2008

EL POLICIA INVISIBLE

No se si titular a esta columna: “El policía invisible” o “El síndrome de la avestruz” no se cual de los dos titulares les sea menos ofensivo (a ellos lógicamente). No se siquiera, si ellos leerán esta columna y peor aun, no se si este escrito, algún día será publicado.
Parecerá fantasioso el relato, pero es real; tan real como ver a un chofer de combi, colocar unas monedas bajo su licencia de conducir, para evitar una papeleta.
Todos los que fuimos testigos de este tipo de coimas (o por lo menos casi todos), miramos hacia un costado y uno que otro habrá dicho, “policías hambrientos” “sinvergüenzas”, etc., etc. Del chofer, del chofer no se dice nada, es mas, se le apaña la forma tan animal de conducir, como pasarse una luz roja, estacionarse sobre un crucero peatonal, recoger pasajeros donde les de la gana, Etc. Pero lo que siempre he visto que nunca se les apaña (como ya habrá adivinado), es no parar donde el pasajero quiere bajar. Los insultos no se harán esperar y van, desde un simple “chofer tenias que ser” hasta la recordación de su madre.
Mucho antes de que este caos se origine ¿será verdad? Seres humanos bien intencionados, decidieron vestir de uniforme a centenares de personas. Luego de una intensa preparación, los pusieron en las calles a controlar el transito.
Al principio se les respetaba y hasta se les admiraba, luego empezaron a ser temidos y poco después a ser “coimeados” y como es lógico, unos años después la COIMA tomo el control de las calles, y el caos se hizo.
Hoy los policías de transito, ante tanto conductor salvaje de taxis, combis, micros y también de vehículos particulares (hay que ver como están conduciendo estos últimos. Al parecer también se están uniendo al club de los chóferes de combi) han decidido hacerse invisibles; pero solo escondiendo la cabeza.
Están allí, pero nadie los nota, y tampoco hacen nada por hacerse notar. Es triste verlos en esa situación. Tan ignorados. ¡No quisiera estar en sus pellejos!
Son autoridades, pero nadie los respeta y menos el sujeto mofletudo, que conduce su flamante cuatro por cuatro al dar una vuelta en “U” en pleno cruce de las Av. América y Húsares. El uniformado, solo se limita a desviar su mirada hacia un costado. Lo único que le falta, es ponerse a silbar al mas puro estilo de comedia animada. No tiene ánimos, ni para poner una papeleta, al taxista, que esta a su lado y que conchudamente se ha estacionado sobre el crucero peatonal de la avenida América.
Miro por un momento al policía y este a comenzado a charlar por su celular. No se si de verdad este conversando con alguien o si solo esta haciendo la “finta” para justificar el no haber visto tanto atropello a los reglamentos de transito. Por ultimo, creo que más les interesa protegerse del sol, pues busca sombra, bajo los arboles que hay en la avenida.
La moto del efectivo policial, queda de vigía… El taxi se aleja, tan luego el semáforo de la avenida Húsares, cambia a luz ámbar; el de la Av. América aun no cambia a verde.

lunes, 21 de julio de 2008

OJOS NEGROS

Desde la ventana del microbús, la vi cruzar la pista. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y recogido en una cola. No era alta, tampoco de proporciones llamativas; eso si, muy delicada. Abordo el bus y se sentó en el primer asiento que encontró desocupado. El resto del camino, mientras escuchaba gritar al cobrador, me mantuve atento a sus movimientos. Cejas negras, pobladas ligeramente; piel blanca, ojos negros y grandes.
En un determinado momento, debió sentir que alguien la miraba, pues giro unos treintaicinco grados a su derecha, enfoco donde su instinto femenino le indicaba, y me atrapo. Lo más probable es que tuviera la expresión de un perfecto idiota, sin capacidad para soportar, la frialdad de su negra mirada.
Veinte minutos después bajé del bus. Durante el tiempo que duro el parpadeo del semáforo, de rojo a verde, me mantuve parado en la vereda, mirándola disimuladamente a través del vidrio. El bus parte y sus grandes ojos que aun hoy recuerdo, desaparecen entre los buses destartalados.

Son las ocho y cuarenta y estoy a bordo de un microbús, observando en la misma dirección de ayer; voy en un asiento doble, en la primera fila. La cabeza del chofer me dificulta la visión, pero logro ubicarla; cruza la pista despreocupada, trepa el bus y se sienta a mi costado. Un aroma suave impregna mis fosas nasales y tengo deseos de acercarme a milímetros de su piel y olerla; pero no lo hago.
Se que va a mi lado, que se ha dando cuenta que la miro por el espejo retrovisor; puedo sentir su mirada, pero no me atrevo a enfrentarla. Observa mis manos sin ningún disimulo, luego mira las suyas; desliza su dedo pulgar sobre sus uñas y como si encontrase algo que le incomoda, procede a morderlas apasionadamente.
Bajo en la esquina de siempre. El quiosco exhibe los diarios. Mis ojos se apoderan de titulares y fotografías.

Una semana de vernos. Exactamente, eso era; Vernos… y nada más. Nunca una sonrisa, una palabra, una gesto… algo. Minutos más, minutos menos; Casi siempre era la misma hora.
Perdido en mí atolondrado mundo, cada vez más conflictivo, a veces, olvidaba que en esa esquina subiría. Cuando volvía a la realidad estaba a mi costado o mirándome desde el lugar en el que se encontraba. Cruzábamos miradas.
Nunca la vi en la parte de atrás, siempre escogía los primeros asientos y si no estaban libres iba de pie, aun cuando en la parte posterior sobraban. A veces me sorprendía mirándola, entonces clavaba sus negros ojos en los míos y en ese momento me sentía un pedazo de hierro frente a un imán. Cuando compartíamos el mismo asiento, su aroma, calmaba mis ansias.


¿Cuantos viajes habremos hecho juntos? ¿cuantas veces habremos cruzado miradas sin emociones aparentes? ¿Qué tanto habrá roído sus uñas en todo este tiempo… que ya es mucho?… ¿hasta cuando seguiré alimentándome de su perfume y admirando sus grandes ojos negros?

Ahí viene otra vez, trae los brazos cruzados como si se abrigase. Esta reluciente como siempre. Se me pierde unos segundos al pasar delante del microbús, luego aparece en la puerta, se agarra al pasamano y sube. Dos lágrimas van corriendo en su blanca piel. Se sienta a mi costado y al hacerlo rosa mi brazo con el suyo; esta calentita. No puedo evitar mirarla con cariño.
Seca su dolor con un trozo de papel higiénico.
Es extraño, pero no puedo evitar sentirme padre, pese a que aun no lo soy, y pese a que quisiera decirle: ¿Te ayudo en algo? Las palabras no llegan a tomar forma; solo siento un martilleo en mi pecho.
Veo al cobrador colgado del estribo, gesticulando con energía; pero sus palabras no son audibles para mí. Lo único que escucho es el latir del corazón herido que va a mi costado. Llora sin agachar la cabeza, sin llanto, sin suspirar… sin embargo, sus lágrimas corren como un rio lavando su ligero maquillaje. Inconscientemente, abro un pack de toallitas de papel que siempre cargo y le ofrezco; coge una, me mira y agradece con voz apenas audible. Aquellos ojos negros en esos brevísimos segundos, proyectaron un cuerpo vacio. Allí ni el dolor podría ser causa de temor.
El microbús se detiene en la misma esquina. Coloco en sus manos el resto de toallitas. Me mira intentando ponerle algo de agradecimiento a su mirada, pero solo queda en eso; en intento. Verla en ese estado me provoca depositar un beso en su frente y secar sus lágrimas. Me incorporo sin querer pues quiero continuar el viaje pero la puta rutina me pone de pie.
Repaso los titulares de los diarios, colgados como si se tratase de ropa puesta al sol.

El microbús esta vacio, el chofer se desespera, el cobrador, llama con su extraño modo de entonar las palabras que a veces no logro entender. Las ruedas giran y el asfalto cruje. Me sobresalto, pero sigo mirando a través de la ventana en espera de que ella aparezca.
Una combi frena bruscamente y se detiene a escasos centímetros del microbús en el que voy. El chofer no se da por enterado y sigue avanzando hasta cruzar la avenida. Mi cuello gira, mis ojos la buscan; pero la polvorienta calle no la tiene entre sus caminantes. Los taxistas demuelen los oídos con sus claxon. La distancia aumenta mi campo visual, pero disminuye la definición de su imagen, si apareciera. El cobrador cierra la puerta al divisar la moto de un policía de transito. Una chica se sienta a mi costado, huele mal para ser la ocho y media de la mañana. Pisan mis zapatillas, pero no escucho disculpas. Estoy a punto de explotar.
La misma esquina, el mismo semáforo, el mismo kiosco de periódicos, las mismas palabras: ¡bajan esquina! y hasta podría decir, la misma cantidad de pasos entre las gradas del vehículo y la acera.
Llovizna ligeramente.
Me abro paso entre las personas que esperan su microbús y allí esta. Me acerco despacio. Todo va desapareciendo. El aire deja de fluir en mis pulmones y toso desesperadamente. Me paro frente a ella. Su piel blanca, hoy Luce pálida; sus grandes ojos negros están a medio cerrar y su mano derecha, ejecuta un vano intento por aflojar la cuerda que rodea su estilizado cuello.
El aire sacude el diario que sin piedad a puesto su fotografía. Una señora se persigna, toca el diario y se marcha.

jueves, 3 de julio de 2008

SEGURO SOCIAL, A MAS MALES, MAS OPCIONES

Cuando a fin de mes, vez menos dinero al recibir tu sueldo, debido al pago de tu seguro social, te dices ¡Vale la pena! En cualquier momento lo puedes necesitar, y entonces todo será resarcido.
Hasta que llega el vendito momento, aunque debería ser el maldito momento, por que les aseguro que llegado ese día, empezaras a lamentar tener un seguro social.
Para empezar tendrás que madrugar y cuando hablo de madrugar quiere decir 4 a.m. Sea invierno o verano, joven o adulto, con dolores o sin ellos. Permanecer en una cola por mas de 3 horas, y si tienes suerte encontraras un cupo para ser atendido del mal que padeces y si no ¡piña! Tendrás que tomar la especialidad que sobra, pues no vas ha hacer cola por las puras.
Son más de las 7 a.m. Y por fin obtengo la cita. Tengo una dolencia en la columna, pero pasare oftalmología.
La cita es para las 11 del mismo día y no se si esperar o regresar a esa hora. Observo mi reloj. Las ocho. El medico debería estar allí, pero… para variar, aun no llega.
Media hora después asoma una señora rolliza vestida de blanco y comienza a recibir los tickets. (Debo ser el sexto). Cierra la puerta no sin antes decir que el “doctor” en unos minutos mas atenderá (cuando escucho “doctor”, me pregunto si habrá hecho algún doctorado para llamarlo así.). En fin… tendré que esperar.
Ya cerca de las nueve empiezan a desfilar los pacientes. A la velocidad con la que salen creo que en una hora más, estaré en mi trabajo ¡Calculo mal! No contaba con los recomendados.
Cerca de las 12 me atienden ¡Al fin! Pienso mientras paso al consultorio, que esta inundado de olor a transpiración. El bendito medico ni siquiera me mira y menos responde mi saludo. Desde su posición pregunta que me pasa. Le explico al detalle mi dolencia. Coge su recetario y garabatea algo sobre la primera hoja - Aplíquese estas gotas cada vez que le arda - Me dice, como si le fastidiara atender. Levanta la mirada y recién allí se da cuenta del enorme terigio.
Al salir, pensaba que lo más sensato hubiese sido ir a una farmacia y pedir gotas para desinflamar mis ojos y unas pastillas o frotación para el dolor de cintura y así haberme ahorrado las 8 horas que perdí. Me preguntaba también si había sido un medico el que me atendió (si a eso se le puede llamar atención) ¿o era un farmacéutico?
Sabrán estos médicos que el sueldo que reciben, se los pagamos nosotros, y por lo tanto son nuestros empleados… Seguramente si, pero definitivamente, las vacas, la tienen bien grande.